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Daniel Martínez Cunill escribe éste artículo sobre las razones de la conducta de Juanito

Daniel Martínez Cunill escribe éste artículo sobre las razones de la conducta de Juanito

La culpa no la tiene Juanito, sino el sistema político mexicano

 

Daniel Martínez Cunill

Rebelión

 

 

Quienes quieran ver deformaciones en la conducta de Rafael Acosta “Juanito”, deberían analizar primero la perversión del sistema mexicano, que no ha dudado en manipularlo en función de objetivos políticos de otra índole, ajenos al voto popular de Iztapalapa y que apuntan a desvirtuar uno de los escasos triunfos de sectores de la izquierda y hacer mofa de la decisión de Andrés Manuel López Obrador.

También es muy simplista adjudicarlo todo a la personalidad de “Juanito” ya que las causas que determinan la personalidad política de los individuos suelen ser muy diferentes. Ciertos analistas ubican en primer nivel las causas que derivan del medio social, la situación familiar, el nivel cultural las reacciones personales del individuo. Sobre estos criterios es fácil concluir que el “bajo nivel” y “la poca preparación” de Juanito lo llevan a esos desaciertos, “traición” según algunos.

Pero muchas veces las causas suelen ser menos lógicas y combinan factores. Por eso es que otros activistas, que también carecen de preparación y de nivel, permanecen firmes en sus principios y compromisos políticos. Probablemente porque sus convicciones son más consolidadas y su práctica tiene un claro contenido de clase.

Recordemos que la maniobra mediante la cual se invalidó la candidatura de Clara Brugada es una aberración jurídica y que no se sustenta ni en la Ley Electoral ni sus reglamentos. Todo indica que fue una artimaña destinada a ahondar la crisis del PRD en una Delegación que por su tamaño (2 millones de habitantes) es de vital importancia.

En lugar de buscar “la revocación de la revocación” en los tribunales competentes, se improvisó la vía de reforzar la candidatura del PT, para luego cederla a la candidata desplazada. De alguna manera, cayeron en la trampa que les tendieron. Queda como lección que cuando se den este tipo de situaciones hay que analizarlas en detalle antes de improvisar respuestas.

Pocos se han detenido a descalificar la ilegalidad con que el TEPJF aceptó la impugnación a favor de Silvia Oliva, basada en una artimaña que el IFE jamás hubiera podido validar. Llevados por la lógica reacción de rechazo, AMLO y su gente buscaron una ”contra- artimaña” , llevando la discusión a un terreno de confrontación extra legal en el que es muy difícil hacer valer argumentos legales. La fórmula que buscó AMLO, además de complicada, apareció como una reacción cupular, autoritaria y “de bote pronto”.

El PRI sabe perfectamente que AMLO es un potencial adversario para el 2012. Con este comportamiento, López Obrador abrió la guerra mediática por la campaña electoral para la presidencia y el caso de Iztapalapa se convierte en referencia de los estilos autoritarios que lo caracterizan.

Tanto la fórmula que convirtió a Rafael Acosta en el candidato más votado en las elecciones de Iztapalapa, así como la modificación de su conducta una vez electo, son esencialmente producto de prácticas clientelares de la política mexicana y constituye un caso inédito en el Continente. En los días previos a las elecciones, Juanito tenía un 6% de los votos como candidato del PT y si bien era conocido en la Delegación estaba muy lejos de tener un respaldo mayoritario.

Su triunfo, con el 32% de los votos es resultado de una campaña electoral intensiva, de una excepcional complejidad dada la transferencia de votos de la candidata Brugada (PRD) al candidato Juanito (PT) y el activismo desarrollado por todos los que respaldaron la maniobra creada por Andrés Manuel López Obrador, para evitar que la corriente de Izquierda Unida del PRD obtuviera el triunfo en la Delegación.

Pocos se preguntan por qué y cómo el ciudadano Juanito, desempleado crónico, vendedor informal, mal vestido y mal alimentado se involucra en política y encuentra en el activismo una manera de canalizar sus aspiraciones. ¿Por qué Juanito-ciudadano cuya preocupación principal los últimos treinta años de su vida ha sido la obtención de recursos que le permitan subsistir, se convirtió un activista popular?

Si Juanito viene de un estrato social en que las privaciones económicas le hicieron consciente de las diferencias que hay entre los intereses políticos de su clase y la de los ricos mexicanos, ¿es posible recurrir a un análisis de clases en el momento en que avizora un cierto mejoramiento de su nivel económico derivado del cargo al que fue electo?

¿Qué sucede con la lealtad de clases del activista ciudadano cuando un componente de su vida, las carencias materiales, quedaron resueltas por una casualidad? El estudio de su comportamiento político no debe apuntar a su noción del deber cívico o a los efectos perniciosos de la propaganda, sino más bien a los ejemplos de conducta política que ha presenciado y a los cuales están habituadas las bases de la izquierda mexicana.

¿No sería más fácil entender que el Juanito-ciudadano, formado en la escuela de cuadros de la vida en el Distrito Federal y con postgrado como vendedor ambulante en los tianguis de Iztapalapa, obtuvo su doctorado de oportunismo en las filas del PRD donde militó antes de pasarse al PT? Ese PRD donde varios cuadros medios, líderes y parlamentarios operan con la misma mentalidad. Juanito-ciudadano brincó por azar a la categoría de “Juanito-dirigente político” y de inmediato se sintió autorizado a operar con otros cánones morales y aplicar la única ética política que conoce.

Tanto la conducta como los recursos de oratoria del nuevo Juanito, así como las argumentaciones a “nombre de la gente”, no son de su creación sino la reproducción patética de un modelo político. Desde luego que es deseable que la solución del asunto surja de un entendimiento entre las fuerzas de izquierda involucradas, pero también que sirva de lección para no improvisar candidatos ni fórmulas que se revierten.

 

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